“Las siete frases que dijo Jesús, antes de morir en la cruz”


Cuando llegaron al lugar llamado de la Calavera,le crucificaron allí, y a los malhechores,uno a la derecha y otro a la izquierda.Y Jesús decía: Padre, perdónalos,porque no saben lo que hacen.

Lucas 23:33-34

1. Padre, perdónalos

       Los evangelios relatan lo que Jesús dijo cuando estaba clavado en la cruz. Son siete frases cortas que debemos meditar para conocer quién era Jesús y cuál es el sentido de su muerte. 

       La primera es una oración: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. El que pronunció esta oración acababa de ser crucificado. Mientras los clavos le traspasaban las manos y los pies, intercedía a favor de otros. ¿Y quién era el que oraba así? Era el Hijo de Dios. Mediante esta oración obró según sus propias palabras en lo concerniente al amor por los enemigos: “Orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mateo 5:44). 

       Pero hay algo más. Sólo Jesús pudo pronunciar esta sublime oración, porque el perdón en cuestión concierne al más horrible pecado: el de haber crucificado al Hijo de Dios. Mediante su oración, Jesús consiguió que el juicio por ese pecado fuera suspendido. Cincuenta días más tarde, el apóstol Pedro pudo proclamar con poder la buena nueva de la salvación por Jesucristo. Miles de personas aceptaron esa buena nueva y fueron perdonadas.

       La crucifixión del Señor Jesús mostró el colmo de la maldad humana, pero ante todo mostró la inmensidad del amor divino: el amor del Padre que da al Hijo para la salvación de todos aquellos que creen en él, y el amor del Hijo, quien se da voluntariamente por los culpables. ¿Rehusaríamos aceptar semejante don?

 

Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.

Lucas 23:43.

2. Hoy estarás conmigo en el paraíso

       La segunda frase de Jesús en la cruz es una promesa de salvación hecha por el Juez supremo a un acusado. No es un perdón temporal, sino la paz eterna; no es la vida que sigue en la tierra, sino el reino de Dios y la resurrección para una nueva vida en el cielo.

       Al principio, los dos malhechores crucificados con Jesús lo insultaban.

       Luego uno de ellos cambió de actitud. Reconoció su culpabilidad y dio testimonio de la inocencia de Jesús, diciendo lo siguiente: “Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; mas éste ningún mal hizo”. En ese momento crucial, él era el único que discernía la perfección de Jesús, y le rogó: “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino”.

       La respuesta fue inmediata y la promesa segura: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Habiendo reconocido su culpabilidad, el malhechor, condenado por los hombres, fue absuelto por Dios. Y lo fue porque Jesús estaba a punto de expiar sus culpas ante Dios. Recibió la seguridad de una salvación personal en la presencia del Salvador mismo. Es un maravilloso porvenir que compartirán todos los que hayan puesto su confianza en Cristo.

       Jesús es el Salvador de vidas arruinadas. No nos desesperemos a causa del mal que hemos cometido. Jesús es igual de poderoso que ayer para salvar. Él conoció la humillación más grande, el más profundo rebajamiento, la vergonzosa muerte en la cruz, a fin de darnos a conocer el amor de su Padre, ¡por la eternidad!

 

Estaban junto a la cruz de Jesús su madre…Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.

Juan 19:25-27.

3. He ahí tu hijo… he ahí tu madre

       En la primera frase que Jesús pronunció en la cruz, pidió el perdón para aquellos que le crucificaban. En la segunda, por su gracia, transformó a un homicida en uno de sus compañeros para el cielo. En la tercera confió tiernamente su madre a su discípulo Juan.

       ¿Cómo no conmoverse por el afecto y los cuidados que Jesús, a pesar de sus crecientes sufrimientos, mostró hacia su madre? ¡Qué delicadeza en medio del odio que lo rodeaba! Pero también ¡qué dignidad!, porque Jesús permaneció siendo el Señor de su madre como de su discípulo. No era un moribundo que dependía de la bondad de los suyos, sino un hijo amante que tomaba en cuenta las futuras necesidades de su madre.

       Jesús pronunció esta frase antes de entrar en las tres horas de tinieblas debidas al abandono de Dios. Aun los vínculos más legítimos en la tierra, los de un hijo para con su madre, debían ser cortados. Era necesario que Jesús entrara solo en el lugar donde Dios iba a juzgar el pecado del mundo.

       Más tarde María hallaría un dulce consuelo en compañía de los discípulos de Jesús, después de padecer tantos dolores que le habían sido anunciados (Lucas 2:35). La vemos formar parte de los creyentes unánimes en oración, que esperaban la venida del Espíritu Santo para formar la Iglesia (Hechos 1:14).

 

Desde la hora sexta hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena. Cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo: “Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?

Mateo 27:45-46.

4. ¿Por qué me has desamparado?

       Sólo podemos abordar con un profundo respeto esta cuarta frase que pronunció Jesús crucificado. Tiene una importancia capital e insondable para nuestro corazón. Desde el mediodía reinó la noche “sobre toda la tierra”. Densas tinieblas cubrieron el país. Ya no había burlas ni injurias, los hombres fueron puestos a un lado. Dios sustrajo a su Hijo de las miradas humanas. Lo que ocurría en ese momento no podía ser visto ni comprendido por una criatura.

       Nadie podrá jamás penetrar completamente en la angustia de Jesús durante esas tres horas de oscuridad. Nuestro Salvador permaneció en una soledad total, desamparado por Dios, porque expiaba los pecados de todos aquellos que creerían en él. Él, el Hijo amado del Padre, en ese momento fue privado de la presencia de su Dios. ¿Por qué? Porque por amor se había identificado con nosotros, pecadores. 

       Cargó con la maldición que merecíamos a causa de nuestros pecados. Recordemos siempre el sufrimiento de Jesús en la cruz. Sin las horas de expiación, nadie habría podido ser salvo. El castigo de nuestras faltas siempre estaría ante nosotros. En esas horas de desamparo, la santidad de Dios brilló con un esplendor insostenible: Dios condenó a su propio Hijo. Lo hizo por amor, para salvarnos a nosotros que no lo amábamos. ¡Qué eterno tema de adoración para nosotros los creyentes!

Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba consumado, dijo, para que la Escritura se cumpliese: Tengo sed.
Y estaba allí una vasija llena de vinagre; entonces ellos empaparon en vinagre una esponja, y poniéndola en un hisopo, se la acercaron a la boca.

Juan 19:28-29

 

5. Tengo sed

       Esta es la quinta frase que pronunció Jesús en la cruz, después de las tres horas de desamparo. Sus heridas físicas y su lucha moral le provocaban una ardiente sed. Pero no fue por esto, principalmente, que dijo: “Tengo sed”. En la cruz, como durante toda su vida, Jesús siempre hizo la voluntad de Dios. A pesar de su intenso sufrimiento, exclamó: “Tengo sed”, porque la Sagrada Escritura anunciaba de antemano: “En mi sed me dieron a beber vinagre” (Salmo 69:21).

       Podemos pensar que esta frase de Jesús tiene un alcance espiritual. Al haber cumplido su obra, Jesús miró hacia adelante. La sed que él experimentaba evoca el intenso deseo del gozo de la presencia de Dios, como está expresado en los primeros versículos del Salmo 63: “Dios, Dios mío eres tú… mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, en tierra seca y árida donde no hay aguas, para ver tu poder y tu gloria”.

       Jesús dijo: “Tengo sed”, a fin de poder ser la fuente de agua viva para todos los que confían en él. Jesús preparaba el agua viva de la salvación que sería dada al mundo, de la cual había hablado a la mujer samaritana junto al pozo de Jacob: “El que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna” (Juan 4:14).

 

Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu.
Juan 19:30.Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios…  porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.
Hebreos 10:12-14.

 

6. Consumado es

       Las tres horas de tinieblas estaban a punto de terminar. En un último gesto de obediencia, Jesús acababa de tomar el vinagre; entonces exclamó: “Consumado es”. Su misión en la tierra llegaba a su fin. Cuando vino, dijo: “He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad” (Hebreos 10:7). Ahora se terminaba todo lo que el Padre le había encomendado y lo glorificó perfectamente (Juan 17:4).

       Cada creyente puede decir: “El Hijo de Dios… se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20). Todo deriva de la cruz: la salvación de cada creyente, la formación de la Iglesia, el acceso al Padre, el futuro establecimiento de “cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia” (2 Pedro 3:13).

       Esta sexta frase es como la firma que Cristo puso al finalizar el texto que relata lo que ha cumplido. En el original es una sola palabra: «Tetelestai», utilizada antiguamente para indicar que una factura estaba enteramente pagada o una deuda cancelada.

       La obra de Jesús en la cruz es perfecta y está acabada: “Sobre aquello no se añadirá, ni de ello se disminuirá” (Eclesiastés 3:14). Nuestra confianza en cuanto a nuestra eterna salvación no puede descansar en nuestras obras o méritos, ni en lo que provenga de nosotros mismos, sino únicamente en el sacrificio de Jesucristo

 

Entonces Jesús, clamando a gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró.

Lucas 23:46.Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar.

 

Juan 10:17.

7. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu

       Esta es la última frase de Jesús en la cruz evocan toda la intimidad del amor y de la comunión entre Jesús y su Padre. Al igual que antes de las tres horas de tinieblas, Jesús volvió a decir: “Padre”. La expiación estaba cumplida; el problema de nuestros pecados estaba solucionado.

       Plenamente consciente, Jesús dio y dejó su vida. Inclinó la cabeza y entregó su espíritu al Padre. Este fue el acto final de su sacrificio voluntario. Él mismo separó su espíritu de su cuerpo y lo entregó a Dios su Padre.

       En el Nuevo Testamento leemos varias veces que Jesús se entregó a sí mismo (Gálatas 2:20; Efesios 5:2, 25; Tito 2:14). Todas esas expresiones hacen brillar la grandeza y el amor de aquel que dio su vida. Nadie tenía el poder de quitársela (Juan 10:18), pero Él la ofreció para que pudiésemos recibir una vida nueva y espiritual, al confiar en Él.

       Jesús se enfrentó a la muerte como vencedor, sabiendo que Dios resucitaría su cuerpo (Hechos 2:27). Mediante su muerte destruyó el poder del diablo (Hebreos 2:14). La séptima frase anuncia el descanso de la nueva creación. El pecado y el mal fueron vencidos en la cruz. Así como el séptimo día de la creación fue el día del reposo y de la satisfacción, igualmente la séptima frase introdujo al Señor en el lugar del perfecto reposo de la obra cumplida.

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9 Respuestas a ““Las siete frases que dijo Jesús, antes de morir en la cruz”

  1. buenas tardes señores hermanos del circulo cristiano,espero por favor que me envien mas informacion sobre la vida pasion y muerte de nuestro señor jesucristo,

  2. ola a todos los hn(a) les deseo las mas ricas bendiciones.
    cuando analizamos estas 7 frases que Jesús dijo en medio de su crucificcion es como debemos conocer lo grande y poderoso es el cristo que hemos aceptado como nuestro mediador y salvador y cuan grande precio pago por ti y tu que ases por agradecer a tu señor Jesucristo.

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